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La leyenda de los dos hermanos

La noche era oscura y cerrada. El viento, suave y fresco, mecía la vegetación de la gran pradera. Agabet estaba agotado. Llevaban semanas avanzando por aquellos amplios parajes, siempre camino hacia el poniente, sin descanso ni tregua desde que el sol asomaba hasta que se ocultaba. De vez en cuando su padre lo alzaba y lo colocaba a sentadillas sobre sus hombros para que sus pequeñas piernas descansasen. Tenía que andar con premura, le exhortaban sus progenitores, para alcanzar los prados del oeste cuanto antes y poder encontrar alimentos para ellos y para las bestias que les acompañaban en el viaje. Era un viaje agotador, apenas se detenían una vez durante todo el día para comer un breve tentempié antes de reanudar la marcha.

Una vez devorada la cena Agabet se recostó sobre su lecho de piel y se empezó a dejar llevar víctima  del sopor que le invadía. Pero antes de caer en las tinieblas del sueño lo oyó, el suave crepitar de la fogata. Se levantó como una exhalación. ¡¡Se le había olvidado por completo!! Era plenilunio y como todas las noches que había luna llena la gran hechicera de la tribu Hawkeye debía haberse acercado a la gran fogata encendida en el centro del campamento para contar una fabulosa historia. ¡¡No podía perdérselo!! Corrió como si los kilómetros avanzados durante el día no pesasen en absoluto y después de unos pisotones, unos codazos y unos lloriqueos, estaba sentado en una de las primeras filas, en frente de la mismísima Hawkeye.

Hawkeye era una señora pequeña y encorvada. Era realmente vieja, con una piel llena de arrugas y verrugas, pero sus ojos transmitían energía y vigor. Su presencia delante de la fogata y su voz grave conseguían intimidar a los chiquillos de la tribu y dar así gran dramatismo a las historias que les contaba. Antes de comenzar la historia miró al pequeño Agabet y sonrió:

-Hace muchos muchos años estas tierras que ahora hollamos estaban pobladas por gigantescas y monstruosas criaturas. ¡¡Tigres gigantes de enormes dientes!! Sus garras eran más grandes en tamaño que cualquiera de vosotros pequeñines. ¡¡Gigantescos elefantes lanudos con terroríficos colmillos!! Hasta vuestros papas se verían como ratoncitos a su lado. Auténticos monstruos que jamás os imaginaríais niños. Pero lo que ni siquiera podrías concebir es que nuestros venerados ancestros ¡¡los cazaban y se alimentaban de ellos!!

-¿Pero cómo lo hacían?-preguntó una pequeña niña

-Eran hombres habilidosos, fuertes y valientes -le contestó dulcemente la hechicera- y los Dioses premian a aquellos que les honran  y que saben luchar juntos. Eran tiempos duros, pero nuestro clan supo prosperar y junto con los clanes hermanos hacerse dueños de las grandes praderas durante eones hasta que……..

-¿Qué?, ¿Qué pasó?-gritaron a la vez todos los niños ansiosos

-Una vez cada siete años -prosiguió Hawkeye-, en el solsticio de verano se producía la gran reunión de los clanes hermanos. Once clanes en total, todos reunidos durante un mes para rendir adoración al gran dios Hava, el gran señor de la pradera. Cada año el jefe de uno de los clanes era entronizado como Gran Rey y los mejores guerreros de su tribu se encargaban de la la gran caza sagrada. En ella era capturado el mamut que sería sacrificado al gran dios Hava y éste en gratitud azotaba la estepa con su aliento dando vida a sus criaturas y valor a los cazadores.

En aquel aciago año, el jefe de nuestro clan, el gran Lohekimut, era el Gran Rey y por tanto nuestro clan tenía encomendado el gran honor y la gran responsabilidad de capturar el mamut del sacrificio. Lohekimut tenía dos hijos, el mayor, Prasakabac, era alto y fornido, dotado por los dioses con un físico excepcional, unos músculos dignos de un tigre y una resistencia superior a la de un oso. Era alto y moreno, de tez aceitunada y con unos profundos ojos oscuros que dejaban vislumbrar su orgullo y su arrogancia. Formaba una pareja inseparable con su hermano pequeño, Chayakeput, también alto y esbelto, pero su pelo era de color oro y su cuerpo mucho más delgado; a cambio tenía una inteligencia viva y una gran habilidad y rapidez, pero era rápido en la cólera y ambicioso. Juntos formaban una pareja invencible e inseparable y sus grandes hazañas eran conocidas por toda la gran pradera. Los dos solos, sin ayuda de ningún guerrero más, capturaron al mamut y lo entregaron para su custodia hasta el día del sacrificio a la Gran Sacerdotisa. ¡¡Maldigan los dioses ese día!!

-¿Por qué dices eso?-preguntó Agabet

-La gran sacerdotisa era Devatakibe, una hermosísima joven de pelo negro y ojos azabache, alta y esbelta, de suave piel y turbadora presencia. A pesar de su apariencia fría y distante, un torbellino de deseo y sensualidad se agitaba en su interior. Chayakeput quedó prendado al instante de verla y esa misma noche se lo contó a su hermano mayor Prasakabac; con el corazón henchido y embriagado de lujuria apenas pudo dormir mientras pensaba como abordar a la gran sacerdotisa. Su hermano mayor tampoco pudo conciliar el sueño, había conocido a Devatakibe el primer día y el fuego de la pasión los había capturado a ambos desde el primer momento. Desde aquella noche, de manera secreta y furtiva, se veían todos los días. Después de un duermevela continúo, con los primeros rayos del amanecer tomo una decisión, no le diría nada a su hermano, pero una vez terminado el cónclave acabaría la relación con la Gran Sacerdotisa. La distancia mitigaría el dolor de la pérdida y ocultando la historia evitaría sufrimientos a su amado hermano.

Por desgracia, no contó con los designios del azar y la misma víspera del gran sacrificio, la misma noche en que los dos enamorados se despedían para siempre, fundidos en un arrebatado beso, su hermano Chayakeput les descubrió inadvertidamente.

-¡¡Ohhhhhhhhhh!!-lamentaron algunos de los niños

-Preso de ira y de odio -prosiguió la hechicera con rostro sensiblemente entristecido- Chayakeput escapó del campamento hacia una cueva en una pequeña colina cercana y mientras sollozaba amargamente se le presentó el Gran Señor Oscuro, el Dios de la Tinieblas. El Gran Señor le ofreció lo que su alocado corazón le pedía en ese instante, venganza; pero además le ofrecía un presente difícil de rechazar, reinar a su derecha en el reino de las tinieblas. A cambio, Chayakeput sólo debía ofrecerle su alma. Y para gran satisfacción del Oscuro Señor, Chayakeput aceptó con un grito de furia.

Al día siguiente, justo en el momento en que Devatakibe ofrecía el corazón del gran mamut al Dios Hava, Chayakeput, que junto con su padre y hermano estaba en el altar, arrojó su lanza sobre ella atravesándole el corazón ante el grito horrorizado de todos los presentes. Seguidamente y como una exhalación se abalanzó sobre su desconcertado hermano, puñal en mano, pero su padre se interpuso entre ambos recibiendo la embestida de Chayakeput. Con la mirada perdida hacia el cielo, Lohekimut cayó al suelo con el corazón destrozado. Sin inmutarse, Chayakeput miró fijamente a su hermano, le escupió sobre la cara y le llamó traidor. A continuación levantó su brazo y un trueno cayó sobre él. Al esparcirse el humo Chayakeput había desaparecido sin dejar rastro.

Tras comprobar que su padre estaba muerto, tembloroso y todavía en estado de shock, Prasakabac se acercó a la agonizante doncella. Ésta le miró fijamente a los ojos y le hizo jurar que no descansaría hasta vengarla a ella y a su padre. El joven, desconsolado y sumergido en el dolor, aceptó. En ese mismo momento los ojos de Devatakibe se iluminaron y se tornaron de un intenso color lila mientras su rostro dejaba traslucir una malévola sonrisa. Cuando Prasakabac se incorporó el cuerpo de Devatakibe había desaparecido, pero ella no se había ido, su espíritu era el dueño y señor del joven Prasakabac.

-¿Y qué ocurrió después?-preguntó triste Agabet.

El fin del reino de las praderas -suspiró con lentitud y tristeza Hawkeye- El gran Dios Hava, ofendido y enfadado retiró su aliento, las praderas casi desaparecieron y con ellas los grandes animales. La guerra llegó a nuestro clan, unos apoyaron a Prasakabac y otros a Chayakeput y con el tiempo  se extendió al resto de los clanes tiñiendo de sangre nuestro destino. Finalmente, ambos hermanos viajaron al mundo de las tinieblas y sus descendientes firmaron la paz: los seguidores de Prasakabac partieron hacia el este y nosotros, los seguidores de Chayakeput nos dirigimos al oeste.

-Pero….¿los dos hermanos murieron?-preguntó el niño que se sentaba al lado de Agabet

-¿Quién era la Gran Sacerdotisa?, ¿era humana o era un Dios?-preguntó otro

-Calma niños, calma-contestó con voz cansada la hechicera- muy mayor soy como sabéis y ya es tarde para mí, por hoy se ha acabado. Pero os prometo que la próxima noche os responderé a todo lo que queráis

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